El deseo.


 Eso de volverte transparente para explicar que nadie o poca gente repare en tu presencia no es más que el deseo te abandonó como el desodorante de aquel anuncio. El deseo me refiero a esa taquicardia y ese bajar de un cosquilleo que enciende cada poro de tu piel, que te revuelve como el timbre que tienen los bomberos. Recuerdo aquellos enamoramientos primerizos en los que no sabías que te pasaba, era la vida que daba sus primeros pasos hacia la reproducción de la especie. Lo del romanticismo adornó demasiado  la cosa de que te atraía una persona, te gustaba y procurabas buscar la manera de estar con ella, primero sin saber para qué. La melena, el cuello, su sonrisa y sus piernas. Años más tarde ya te aclarabas de que iba el asunto aunque con el peaje del compromiso. El deseo sube y baja, sobretodo con los años y un día descubres que hay otras personas que te ponen a cien y ahora sin enamoramiento ni compromiso, se trata de si sabes o no sabes como se practica sin reproducirse, solo por amor al arte. Pues eso dura hasta que tu figura, tus canas, tus arrugas y demás indicios provoca ternura, amistad, interés, mil cosas más,  salvo aquel deseo, pero no crean, porque eso en la mayoría de los casos te produce una sensación de libertad. Recordaba yo la alegría de aquellas tías maternas que celebraban su menopausia como liberación. Se vestían de negro, un par de medias a la mitad de la pierna y a dejarse el bigote, no se porqué imperaba aquel modélito. Ahora por supuesto no, ahora vamos de hipster comodón y ellas de medio británicas hiperactivas. Ellas y yo nos miramos llegando a la conclusión de que podemos compartir una o mil cosas salvo aquello de fingir que aún estamos para numeritos. Eso sí tengo en mi mente para cuando quiero un sin fin de aquellos recuerdos de cuando el deseo me traía por la calle del dolor, que mal lo pasaba a veces o que bien lo pasaba en otras. Que cosas tiene la vida, de vez en cuando tomo café con dos mujeres que jugaron hace años al ratón y al gato conmigo con el deseo como ingrediente especial. A veces ganaban ellas, otras yo y otras los dos. Una y otra se conocían y mantuvimos una gran amistad que incluso aun  dura, nada raro no crean, solo de dos en dos. Basta una mirada, que coloquen su cabeza en mi hombro o ir del brazo, una sonrisa, compartir una cena o porque no, volver a pasar una noche juntos sin ninguna otra intención más que el calor de la amistad. El deseo tiene su época, sus momentos, afecta a unas personas más que a otras, llega como un  huracán a tu viday se marcha como brisa suave en la noche.

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