No se pierden, se regalan.


 Eso mismo decía mi madre de las esposas y maridos, que nadie te las quita o se los lleva, que no es una arpía joven y con sus atributos bien puestos ni el nuevo galán es un millonario musculado. Él o ella un buen día no se ve en el espejo de su casa, no se reconoce de tanto adaptarse a su pareja. Eso fue lo primero, dejar de hacer, de decir, de gustarle este plato o este vino, de tener este o aquel amigo o amiga, que el fútbol es aburrido o esa reunión de amigas son todas unas aburridas y así vaya usted añadiendo esas "pequeñas cositas que hacen más llevadero el matrimonio", pero resulta que es una trampa y que muchas cosas que decían nuestros padres no son ciertas al menos hoy. Por eso un día alguien te mira como si fueras aquel diamante en bruto de hace veinte años, además lo hace de verdad y tú sacas aquel YO del fondo de tu memoria, ese que tiene tantos defectos y pegas. A quien vas a ser infiel, si te vas con esa nueva persona lo serás al ideal para tu pareja en que te has convertido, pero si no te vas serás infiel a ti mismo. Ese es el fondo del tema. Cuanto más cosas obligas a tu esposa o marido par que tú estés cómodo o cómoda más lo alejas de si mismo. Así era cuando lo conociste y te enamoraste, por eso la infidelidad no tiene un solo culpable, tiene dos, uno por dejarse cambiar en otra persona que no es y el otro por intentar diseñar un muñeco o muñeca a su gusto. Por eso nadie pierde a su marido o su mujer, hace tiempo que lo tiene en el escaparate como regalo.

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