Maria Teresa, un amor en Ceuta.
En mi terraza bajo un galán o dama de noche pies de ambas formas se conocen aquí y al lado de un jazmín escribo de nuevo para mi mismo. Escribo, releo y tacho y vuelvo a escribir para mi mismo por eso hace un mes o quizas mas borré todo lo escrito durante catorce años en otra página. Pensé en salvar algo pero no me mereció la pena porque tras releer varias veces hacia atrás no reconocí a las personas a las que me refería y ni siquiera me reconocí a mi mismo en esas palabras. El tiempo atenúa o reverdece, calma o enerva, la mayoría de las veces borra los recuerdos pasados para descanso de nuestras noches y brillo de nuestros amaneceres. La felicidad descansa en el olvido lei una vez y es cierto, olvido sobretodo de las ofensas y traiciones, olvido de la nimiedad y la tibieza. Pero cuanto más olvidas mas nítidos reaparecen desde el pasado otros recuerdos incluso con aromas casi olvidados. Ha sido sin duda el olor del jazmín a esta hora de la tarde, la brisa de la tarde cálida de levante como aquella vez en Ceuta junto a una chica en su último año de bachillerato, quizás ya hoy farmacéutica en alguna ciudad. Solo nos besamos una vez en los labios en una tarde como esta junto al mar, traía un ramito de jazmines en su escote y una sonrisa se dibuja en mi boca pensando en el temblor de sus labios por el primer beso. No ocurrió nada más pero si ocurrió nada menos que ese bello recuerdo del que nunca había escrito ni referido a nadie.



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