Mi, me, conmigo.
Es una gozada esa hora indeterminada por lo cambiante a causa que el sol cada día modifica su horario de partida. Los días se acortan unos minutos y el sol cambia el lugar donde sumergirse en el mar. Los cielos van tornándose carmesí día a día entremezclado con unas nubes deshilachadas en el cielo. Un espectáculo que hace enmudecer a los transeúntes del paseo marítimo que poseen la capacidad de sorprenderse por la belleza natural, junto al don de mantener silencio ante tamaño derroche de colores.
Como otras muchas cosas cada dia adoro más el silencio, hablar debería quedar relegado a tener algo que decir y a quien decirlo. He llegado a un punto que parezco un radioaficionado buscando alguien interesante allá por Nueva Zelanda porque lo que es aquí qué difícil es encontrar un contertulio para simplemente hablar de esto mismo, no pido que sepa de memoria el Ulises de Joyce, yo tampoco pasé de la página veinte, pido que se emocione con las pequeñas cosas. Esto mismo pasa en los museos, las librerías o el mercado aquel de Barcelona donde exponen las verduras y frutas como si fuera una joyería parisina. Lo bonito junto a lo sencillo suscita esas miradas de complicidad entre los admiradores. El resto de la humanidad pasa desapercibida y supongo que yo para ellos. Una mujer elegante y guapa viene como si la acera de la cafetería donde me hallo fuera una pasarela de modas, se sabe bonita y lo expone sin problemas. Sus espectadores masculinos en esa edad del café sin hora, es decir jubilados, asentimos y susurramos para nuestro interior respetuosamente nuestra opinión. Profesionales, académicos o virtuosos de algún indispensable oficio nos vemos muchas mañanas en este lugar, hombres normales que sienten haber llegado cada uno a su meta particular. Una mujer que pasa, un café y una puesta de sol, la felicidad completa.



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