Raices.
Desde la noche de Navidad hasta mediados de febrero el frío se adueña de las calles de mi ciudad, también del interior de sus casas diría yo porque no las tenemos preparados para ello, al contrario que para el calor del verano. Caminamos encogiendo el cuello bajo las solapas de los abrigos con las manos en los bolsillos. Es la última quincena de enero la más cruda, se trata de un frío húmedo por la cercanía del rio que se entremete por todos lados. Procuramos estar lo menos posible en la calle, caminando presto para mirar la vida como pasa tras las ventanas. Es tiempo de recogimiento tras un mes largo de fiesta y comilonas, toca hacer dieta de todos los excesos incluidos los emocionales. Suena en el cuarto de al lado los preparativos de carnavales unos o semana santa otros, ,a vida es un continuo transitar por ritos de paso ancestrales. Creo que vivo en uno de los ritos de paso que eternamente interpretamos, ahora nos toca vivir en nuestras raíces, extraemos de ellas nuestra energía, esa energía que nos legaron nuestros padres y ancestros. Nos calienta el amor, los besos, el tacto de aquellas manos, las charlas con mi abuelo, el olor a pan caliente, aquellos dos perros que me acompañaban por mis primeras aventuras en el campo. Todas esas vivencias son las fibras de esa manta wue nos abrigada siempre. Eso y los recuerdos que hemos ido acumulando, un nombre de chica, una playa, los amigos, la primera carta recibida, la primera piel acariciaba. Un inmenso árbol somos hundidos en el pasado por un lado y por otro abriendo nuestras manos como ramas hacia el cielo, hacia el futuro que llegara de nuevo con el sol.



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