Pasión


Por supuesto conocía la palabra deseo pero no que podría hacerme perder la cabeza hasta perderlo todo. Algo ocurrió en mi interior el día que la conocí, como un flash directo a mis ojos, a mi alrededor todo se desvaneció y a partir de entonces todos mis pensamientos se resumian en ella. Se me disparaban las pulsaciones con solo verla, a veces iba por la calle y un perfume parecido al suyo me hacía volver la cabeza, desandar unos pasos por la calle buscándola o mirar el teléfono cada dos pasos por si me hubiera enviado un mensaje. Si estaba unos días sin verla o saber de ella era un desasosiego, me ponía de malhumor con cualquiera  lo que no supe entonces es que el deseo mutuo de poseernos fuera casi a acabar con ambos. No éramos primerizos ni adolescentes, incluso nos habíamos pavoneados de nuestras experiencias, pero bastó un encuentro para descubrir que era otro idioma, descubrir que tu piel en manos de aquella persona explotaba en una sinfonía de sensaciones. Descubrir de una vez a otra de que el cuerpo responde subiendo cada vez a otro nivel. Nos mirábamos a los ojos y ya comenzábamos a imaginarnos como estaríamos dentro de unas horas más tarde. Terminó como era previsible tras uno de aquellos encuentros, cada uno de nosotros corrió a refugiarse al rincón de la rutina tranquilizadora. Jamás intentamos vernos de nuevo sabedores del poder del deseo, que una vez encerrado en la virtual jaula del recuerdo se resiste al olvido, porque cómo olvidar que estuviste vivo en una época de tu vida, como olvidar que existe en este mundo alguien que sólo al deslizar su mano por tu espalda te rindes. De vez en cuando me asoma una sonrisa de lado a lado de la cara cuando me cuentan algo de ella. No sé si al llegar arriba al terminar mi vida tendré que darle las gracias a quien sea. Lo cierto es que no podré arrepentirme jamás.

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