Resucitar.
Era el día apropiado, el sol por fin espantó al diluvio de esta húmeda Semana Santa y yo aproveché para darme una ducha previa a salir de paseo cuando mi espejo devolvió mi imagen completa. Milagro pensé, has resucitado tu también le dije a mi amigo que llevaba bastante tiempo en excedencia. Llevamos toda la vida juntos y nos hemos entendido bastante bien, por eso el día que sentí que prefería estar ausente, quise respetar su decisión. Aunque él y yo al ser masculinos debiéramos parecer como los soldados de guardia de Buckingham Palace siempre erguidos o dispuestos a entrar en combate ante cualquier dama, debo aclarar que no es cierto, nada nos cansa más física y emocionalmente que esa idea. Quizás en la adolescencia, edad donde la repetición puede ocurrir sin casi final, luego esa experiencia única se hace cotidiana y a la vez complicada porque aquel deseo irreflenable se sustituye por una especie gimkana con pruebas a superar hasta que una tarde o noche dices basta y lo cambias por una serie de Netflix mucho mas entretenida. Frente al espejo ahora no recuerdo las series pero si la luz que entra por mi terraza mientras una canción francesa que suena en mi salón. Creo que este domingo de Resurrección trae un efecto más amplio, aparte de mi amigo quiero decir.



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