Primavera.


Miraba el mar ayer tarde, estaba de un color gris claro, algo verde por supuesto. Los del tiempo hablaban de una calima con polvo del Sáhara en suspensión y la verdad es que parecía una niebla que dejaba pasar el sol como si fuera un vidrio sucio. La tarde era calida y allí en un chiringuito con clase los  clientes tomaban sus copas, bailaban o se movían si no sabían dando saltos de un lado a otro como hacemos los que no sabemos bailar. El grupo que ocupa el centro de la terraza éra más o menos homogéneo, los ellos sobre los cincuenta casi todos calvos pero pasados por la planta de máquinas y pesas de cualquier gimnasio, nada de grasa, las ellas en la cuarentena larga todas sonrientes aunque algunas de vez en cuando arrugaban el ceño llevándose una mano a la pantorrilla deseando tirar los zapatos de tacón al carajo, pero es que lo de ir guapa hay que pagarlo. Me pregunté si se habían puesto de acuerdo, si venían con un club de singles o ya eran amigos del instituto pero ahora están divorciados, vete a saber, el tema es que estar aquí vale una pasta y hay que pagarla. El chiringuito tiene de eso solo el nombre y la calidad se nota en todo, hasta en la brisa suave de primavera recién estrenada. El toque de humor lo puso uno de ellos que de un salto bajó a la playa desnudándose por ella hasta sumergirse en el mar, luego volvió vistiéndose poco a poco mientras las chicas todas móvil en mano grababan la escena incluso ampliando la imagen. Todo no lo arregla la gimnasia.

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