Ausencias.


 Hace unos días nuestra gata decidió marcharse al cielo de los gatos, simplemente dejó de comer y beber. Se vino a nuestro lado y se recostó en el sofá sin una queja hasta que dejó de respirar. Había cumplido veinte años lo cual dio muestra de haber sido una gata regia en medio de todos. Una reina quizás muy inglesa, nunca se excedió en muestras de cariño pero le encantaba que se le dieran a ella algunos rascados pero con cierto límite. En vida de mi madre fueron una gran pareja, tampoco mi madre fue expresiva en sus afectos pero entre las dos hubo una corriente de simpatía mutua. En cuanto a mi la gata era la única entre todas las féminas de mi casa que captaba mis enfados, depresiones, inicios de males etc. Venía al brazo del sillón y se colocaba al lado, simplemente eso. La noche en que murió la sentí corretear por el pasillo, deambular por la casa como todas las noches y de vez en cuando veo pasar su sombra por entre mis piernas. Pero bueno en mi familia algunos de nosotros llevamos bien lo de estar rodeados de muertos familiares, pero el caso de mi gata es distinto, no solo intuyo que viene y va, también siento cuando se sube al brazo del sillón en estos días, no hubiera pensado que notaria tanto su ausencia. Como si fuera un miembro irremplazable de ella me tiene ensimismado en sus mil y una anécdota. Eso me ha llevado en estos días de pensar en las ausencias de las personas que queremos o hemos querido, de algunas en realidad lo que echamos de menos es algún detalle o tiempos concretos de nuestra vida, en cambio de mi gata es un todo, ocupaba un espacio físico y siquico más grande que su cuerpo menudo. La hemos incinerado y como en las películas la vi antes de ese momento y me brotaron varias lágrimas como presagio de cierta soledad.

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