Cosas normales.


 En este mismo lugar de la costa española donde estoy también estaba con mis quince añitos recién cumplidos, a la espera de vivir una gran aventura, conocer a la chica de mi vida, ese amor que me hiciera temblar las piernas. Todas las tardes y sus ocasos eran los más bonitos, el refresco o el bocadillo me sabían a gloria y todo porque estaba quitándole el precinto a todas esas cosas que después serían normales y rutinarias. Ahora con las piernas extendidas sobre la butaca de enfrente y el primer café de la mañana estoy en el mejor momento del día, aún en pleno duermevela el relojito de Windows avisa que estoy cargando programitas pero no sé ni cómo me llamo. Pero detrás de la inopia mañanera puedo rememorar infinidad de momentos con la mayor lucidez quizás porque solo pienso en ellos. Quizás porque no tengo filtros a esos recuerdos, quizás por eso llego a la conclusión que el noventa y nueve por ciento de las cosas que he vivido son normales, nada que destacar, lo que en el colegio era lograr un aprobado raspado. Por supuesto que recuerdo el mejor beso, el mejor roce de una mano femenina, el mejor momento de sexo en el que pedí socorro porque ya no podía más, pero pude, aquella mujer era una maquina sexual y había logrado hallar el interruptor de mi cuerpo haciéndose dueña durante unos años de mi persona. Pero casi a la misma altura pondría la primera vez que vi Madame Butterfly y al día siguiente busqué la grabación para tenerla en casa. Deberían avisarnos con aquellos quince años que lo mejor que vamos a vivir son cosas normales, que el amor de tu vida sería con una chica normal, que viviría cuarenta años de días normales en un trabajo normal, en resumen que sería feliz. 

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