Café.


 

Que cantidad de frases nos podíamos decir uno al otro en aquel café, sentados durante largas tardes tras sus ventanas. Que discreto fue siempre aquel camarero que a la segunda vez ya nos traia los cafés sin tener que pedírselo. El nos observaba desde el rincón de la barra y sonreía quizás recordando vivencias iguales a la nuestra. Nos dábamos las manos  bajo la mesa, quizás un beso furtivo y hablar hasta atardecer. Los días de lluvia le daban un matiz de hogar para refugiados a aquella cafetería. No éramos los únicos porque al menos otras dos parejas frecuentabamos el mismo sitio, será que el amor es contagioso. Un día deje una tarjeta sobre la mesa, correspondía a una habitación de un hotel tras la esquina, nos miramos nerviosos decidiendo si era una buena idea. Me sonrío recogiéndola, dame quince minutos y luego subes, de acuerdo?. Puede que sucediera hace veinte años ya, pero aún recuerdo toda aquella tarde sin dejar siquiera un detalle. Nos hicimos el amor uno al otro como suelen hacerlo los primerizos, luego acurrucados uno contra el otro estuvimos un largo rato sin hablar, solo mirándonos mientras ella deslizaba su dedo índice por el contorno de mi cara. Así jamás podré olvidarte a ti y a este momento, después me dio cientos de besos muy pequeñitos. Aquel hechizo duro casi una década tras la cual dejamos de vernos, sigo sin embargo tomando café de vez en cuando en el mismo lugar, en la misma mesa muchas veces, ya no está el camarero, ahora es una señorita que va a gran velocidad con los cafés en sus manos. El hotel sigue allí a la vuelta de la esquina, nos acogió en muchas tardes en esos años. Recuerdo el olor de la habitación, el de su perfume, el de cada rincón de su cuerpo. Le dedico una sonrisa al pagar mi café a la camarera, vive usted cerca me pregunta ella, no le respondo, pero este lugar me trae maravillosos recuerdos. Me alegro me dice abriendo la puerta del café. 

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