Monica
Cada año en septiembre un amigo y compañero del trabajo se iba a San Sebastián al festival de cine con la ilusión de ver a Monica Bellucci. La idolatraba, también como cinéfilo porque los demás lo hacíamos por sus hechuras que diríamos en mi pueblo la señora está de toma pan y moja incluso ahora mismo. Nunca entendí que se casara con ese actor tan feo, pero debo reconocer que los feos subimos un peldaño en nuestra autoestima. Lo que hoy traigo de la mano de esta belleza de señora es su afirmación que no tiene que pedir permiso a nadie por envejecer, por no retocarse quirúrgicamente las patas de gallo ni ponerse los labios de longaniza, tampoco subirse las tetas ni ponerse un culo de goma. El envejecimiento paulatino y la figura que de ella mantenemos en nuestra memoria nos hace difuminar las diferencias. Claro que vemos las arrugas, pero sería más evidentes la ausencia de ellas. Aparte de que si por un milagro de mi ángel de la guarda yo me tomara con ella en un sitio paradisíaco seguro que lo único que haríamos sería mantener una charla y tomarnos una copa. Agradezco que ni el cirujano ni el manitas digital la hayan cambiado por su hija ni por su nieta si la tiene como hacen con otras actrices a las que le añaden su cara a un cuerpo recién salido del instituto. Tenemos en activo un montón de actores bisabuelos aún haciendo piruetas matando gente y dando saltos a punto de chafarse la cadera, en su cara le han estirado tanto los parpados que tienen cara de salir de hacerse una colonoscopia hace cinco minutos, es horrible el resultados de esas barbaridades, no caen en la cuentaque han renunciado a una etapa de su vida que es envejecer con dignidad para sus familias y sus admiradores.



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