Dudas.
No recuerdo las veces que he dicho te quiero en mi vida. Tampoco el contexto de cada vez. De muy joven era yo un todo explosivo, era un batiburrillo de sentimientos en estado puro, tan solo decirlo y esperar a oír lo mismo, tras lo cual allí quedaba todo. Aún no sabia nada del guión exacto que iría aprendiendo a trompicones unas veces y otras de la mano de una mujer que tenía en su cabeza el orden de como debia desarrollarse aquellos romances, a lo sumo se insinuaba un beso sin mucha destreza. Se acumularon las ocasiones, hubo más te quiero, más besos, también fracasos en los que te quedabas como muerto ante la experiencia de no ser nada para ella. Craso porque error siempre se es algo, a veces te recuerdan solo por ser amante cariñoso y servicial, en otras das con la piedra filosofal y entras en el ranking de sus mejores amantes y te siguen saludando en Navidad treinta años después. En realidad se recuerdan los grandes éxitos y los grandes fracasos, pero luego entre mitad y mitad queda la crema pastelera tan rica de los bizcochos. Ese revolotear continuamente dentro de su falda.



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