Maravillosa nostalgia.
Sin duda una pizca de nostalgia tiene su glamour, pero al poco rato es como admirar una lápida como hemos hecho en estos días de difuntos. Hay pasados y hay muertos, sin duda que algún rato bueno se pasó juntos pero ambos dos supimos que aquello no duraría más de una semana después del escarceo físico amoroso. Lo de amoroso es como el adorno que se le pone a los pasteles. Una pérdida de tiempo porque lo que deberíamos reivindicar es lo del físico, como el jamón de cinco jotas, dejarse de sensiblerías aparte de que sucediera en una isla o en una habitación de un pueblo. Luego ya nuestra mente lo tuneará añadiendo jazmines y una persiana dejando pasar la brisa de la tarde. Miren los chef ya presentan platos con un suspiro de acompañamiento, nada del kilo de patatas fritas. Lo mismo un buen muslo (o dos) de esta señora y uno mismo de guarnición, diez años después te acuerdas de los muslos, sus senos, el trasero y algo más para rellenar el etcétera, lo que debe quedarse nítido en la memoria es el resultado, ese desparrame de poner un muslo en Santander, otro en Cádiz y el centro de gravedad en el hueco de la mano. Siempre me gustaron las siestas acompañado de las estribaciones de ese famoso monte. Ven como la nostalgia de debe ser triste, solo decirle al pan, pan y al vino, vino.



Comentarios
Publicar un comentario