Navidades.


En toda familia existe el maestro de ceremonias da igual sea hombre o mujer. Esa o ese que logra meter en una casa a familiares como por arte de magia, sentando a hermanos y cuñados junto a los abuelos sin contar con los niños. Niños que tienen veinte o treinta años que refunfuñan porque les han dejado fuera a los novietes ya que el punto de separación para entrar es ser pareja viviendo ya juntos, ya es de locos meter veinte personas donde generalmente solo somos dos. Lo de menos es el menú porque si has llevado una casa cuarenta años sabes montarlo durmiendo. Son las personas las difíciles de dominar con sus estúpidos egos. El milagro de la Navidad es dar ese paso al frente y hacer varias llamadas y como cada año todo vuelve a suceder. El 23 de diciembre me pongo el mandil y ya no me lo quito hasta la noche del 25, después de eso me tomo una semana de vacaciones lejos de la cocina, el resto del evento lo lleva a cabo mi mujer, a veces observo que se parece a esa Secretaría de Estado de la serie de tv, una reina de la diplomacia, reconozco que no tengo mano ni paciencia para lidiar con algunos. Si tengo claro muchas cosas que aprendí con mis abuelos, aquí y en la corte real inglesa los sitios se ganan por edad, está el de la Reina y luego van bajando inexorablemente hasta la última silla libre. 

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