En pausa.


 Se terminaron por fin los almuerzos, cenas y meriendas con familiares, amigos y conocidos. Casi un mes intentando soslayar la mayor parte de las invitaciones y a las que fui dejé la mitad en el plato. Al final he terminado abrazando la ración normal de la cocina francesa, una pieza pequeña y varias colorines de guarnición. Gracias a Dios eso me ha dado la posibilidad de sobrevivir. La comida y los regalos se han apropiado del concepto de la Navidad, donde antes había recogimiento, alegría en pequeños núcleos familiares ahora son comilonas de reuniones cercanas al centenar. Por eso una simple taza de café durante la tarde me resulta de lo más placentera, eso unido a un buen libro con hojas de papel, quizás una buena serie en televisión,  le he dado a la tecla de "pausa". En una semana la ciudad se irá transformado ya pensando en la próxima fiesta pero hasta entonces cada mochuelo a su olivo como decimos en este país. Una cafetera automática de esas modernas que hasta calienta la leche ha sido mi mejor regalo, una especie de satisfyer de adultos para tardear  otra palabreja que ha llegado para quedarse. Ayer se me ocurrió pedir un vermú a mediodía recordando hace muchos años cuando era joven y existía la hora del vermú. Bueno el caso es que vuelven pequeños espacios con pausa para parar el reloj y degustar la vida a sorbitos.

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