El desván.


 Así le llamo yo a ese cajón de nuestra mente que en contadas ocasiones nos atrevemos a abrir, contiene cagadas enormes, éxitos que no podemos contar, citas inconfesables, noches de farra que a nadie hemos contados, borracheras, paseos a la luz de la luna con una señora que daba miedo de lo guapa que era y nadie creería que hicimos el amor sobre la arena de aquella playa... También días mierdas, enfados, depresiones que después de los años piensas ....y porqué cojones estaba deprimido yo, valiente fantasma. Una buena tarde de esas que estás magníficamente aburrido te tiras a la calle, vuelves a aquel bar del barrio, revives rincones, jardines, portales por donde asomaban aquellas chicas tan guapas. Lo triste por el tiempo pasado se vuelve más dulce porque llenan la memoria de amores compartidos. Interpretamos los recuerdos según nos va hoy, nuestro currículum como buena persona se acrecienta o mengua con lo sucedido durante años. Ahora vivimos un tiempo especial, la llegada del rito de paso más grande que sucede en mi ciudad, en toda mi región, llega la primavera y casi sin interrupción celebraremos la Semana Santa y la Feria de Abril. Ayer paseaba observando los cientos de naranjos que adornan nuestras calles y ya los brotes de azahar anuncian el evento, los actos religiosos se multiplican por iglesias o Hermandades. Hay una vuelta a la ciudad antigua mucho más pequeña, a revivir, recordar esquinas, calles o  colegios, aquellos donde llevamos a nuestros hijos de la mano, hoy son ellos los que nos sacan de paseo a nosotros.  Somos  un puzzle donde muchas  piezas van apareciendo desde ese desván, luces y sombras toman cuerpo en una misma figura, somos eso al final, una sola persona.

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