Infiltrados.
De lunes a viernes todas las mañanas atravieso mi calle al gimnasio que tengo enfrente, llevaba siendo teóricamente usuario los últimos quince años y uno a uno comenzaba el ocho de enero y desaparecería el día veinte, así hasta el siguiente año. Desde hace tres un amigo sorpresivamente FIT, delgado en terminología moderna me informo de las espectaculares virtudes de la gimnasia en agua. Llevo tres años que no falto ni un día de lunes a viernes, el mérito aparte de que mi barriga va desapareciendo es la espectacular monitora que luce una sonrisa adictiva, una amabilidad heroica y además está como un tren. Aparte de esto los de mi cuadrilla hemos ido colonizando la piscina y un banco largo frente a las taquillas en el centro del vestuario. Vemos deambular al resto de usuarios masculinos. Lo curioso es un grupo de señores tatuados a todo lo largo y ancho que van y vienen desnudos de un extremo a otro del vestuario. Llevan una toalla pero como los camareros dobladas sobre el brazo mientras exhiben sus atributos colgantes como si fueran una exposición del genero ibérico. Los que estamos intentando ponernos o quitarnos el bañador sonreímos porque hace años que ya no estamos en el escaparate, al menos en éste escaparate, todo lo contrario que en el de la monitora, allí no perdemos detalles y somos los alumnos más obedientes, no perdemos detalles de sus movimientos. Me siento incómodo siendo observado y me solidarizo con las mujeres, supongo que durante algunos años las invadía con esa forma de mirar. Propondría un tercer vestuario que dijera "***"



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