El Loco de la colina.
Con trece años me fui a una oficina de la armada y solicité ser radiotelegrafista, muy ilusionado lo dije ala hora de la cena, a la mañana a siguiente se plantó mi madre en la oficina le hizo retirar aquella solicitud al soldado con mil amenazas e improperios . Ya me había leído todo lo escrito por Julio Verne y demás autores de ciencia ficción además de la primera y segunda guerra mundial. Me gustaba el mar y me gusta por eso me compré un velero de veinte pies, luego me examiné de todos los títulos hasta Capitán de Yate aprendiendo a leer el cielo y las estrellas, eso sí cambié lo de la telegrafia por Internet. Con esto pretendo explicarme a mi mismo esta afición por el mar y por los mensajes allá a lo lejos sin saber quién leerá lo escrito. Uniendo ambas cosas me vino a la memoria esta excelente historia y la figura de la botella como método antiguo de pedir socorro o contar una historia, una carta a una mujer ya fallecida donde narra su amor y su soledad. Afortunadamente mis escritos tampoco esperan ninguna respuesta, eso sí cada vez me parezco más a Madame de Sévigné con aquel montón de cartas que nos hacía traducir la profe de francés. Alguna vez me entran ganas de preguntar si hay alguien ahí. Hace años teniamos un periodista con un programa primero en radio y luego en televisión que se llamaba El Loco de la cocina, eran monólogos con música a altas horas de la noche, durante años nos acompaña así hijo y a mi, yo estudiando medicina y el con sus ataques de asma infantil. Me viene al pensamiento que nunca sabes quien te oye o lee.



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