
El origen del pecado lo tenemos en la foto jugando al ajedrez con el clérigo, no sabemos quién va ganando pero si me lo preguntan a mí diría que ella porque son siempre más inteligentes desde que mordieron la manzana de la sabiduría. Siempre le hemos tenido miedo a las mujeres, ahora no es miedo es pánico ya que se han hecho dueñas de medio mundo. El otro medio no sabe cómo frenarlas, les ponen una ropa que les tapa de pies a cabeza o las maltratan vendiéndolas, pero solo es el síntoma de saberse inferior a ellas. Llegados a este punto deberíamos preguntarnos el porqué de ese miedo. Miedo a que ocupen los mejores empleos, que manden en el mundo, que tengan más dinero que nosotros a final de mes. Les aseguro que ahora mismo a mí me importa un bledo lo de dejarle mi puesto de trabajo o que ganen más dinero que yo. No le arriendo la ganancia si tiene que aguantar a mi antiguo jefe, un completo inútil y si gana dinero pues que me lleve de viaje a Grecia o que lo paguemos a medias. Todo estos miles de años hemos hecho el imbécil, la cantidad de hombres mujeres y niños muertos por éste o aquel profeta, rey, presidente o director general, la de noches de charla desperdiciada, la de tardes perdidas sin estar con ella y los niños, bendita pérdida de notoriedad para nosotros los hombres. Sin embargo lo del pecado me da vueltas en mi cabeza y encuentro el porqué cuando la recuerdo a ella, era más que yo, superior a mi mil veces, pero en un campo en el me confieso torpe del todo. Se acercaba a mí despacio y acariciaba mis labios con los suyos, lentamente, luego daba pequeños mordisquitos en el mío inferior largo rato hasta besarme intensamente. Hasta se me aflojaban los pantalones. Me dominaba y me encantaba además. Con trece áños nos daban en febrero los curas interminables charlas sobre el pecado, sobretodo de uno, el más gordo, la concupiscencia. Nos mirábamos uno a otro por si alguien supiera como sería eso, sería acaso un sujetador o unas bragas de tamaño sideral, lo buscamos en el diccionario y no aclaramos nada. Una noche después de hacer el amor con ella paseando por la orilla del mar recordé aquella palabra y lo comprendí. Ese pecado sólo puede suceder con una mujer. Estoy seguro que me perdonarán arriba.
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