El principio.
No las entendemos aunque muchos lo intentamos, yo me sitúo entre los que admiramos a la mujer sin más. Como una vez me dijo una de ellas en esos días donde no dan pié con bola, no intentes entenderme y menos cuando no me entiendo no yo misma. Tienen poderes especiales, el mayor es crear un nuevo ser vivo y traerlo al mundo, labor solo reservado a los dioses o diosas. Cuando tratamos con su otra mitad mundana son estupendas, magníficas, también insoportables insufribles, maravillosas, vamos que yo les reconozco que son insuperables. Por eso no me creo muchas historias de la Biblia, porque Dios, el auténtico no castigó a Eva con parir con dolor, en realidad le otorgó un don. Castigar lo hizo con el hombre con aquello de trabajar, vamos que nos puso a la altura de un asno o cualquier herramienta. Los libros los escribieron hombres y lo del parto les pareció un engorro, que se lo queden ellas pensaron, nosotros a lo nuestro que es matar al de la tribu de al lado. Y de ahí no hemos avanzado ni un ápice. Veo y me fijo con deleite pasar a muchas mujeres por calles, plazas, el mercado o tumbadas sobre la arena de la playa. Llevan dos pequeñas piezas de tela tapando lo justo, pero regalando el noventa por ciento de piel para aquel que quiera mirar, saben porqué, porque es una liberación. Cuanto más se cubren, más mercancia son, siempre hay un descerebrado que paga por ver, por poseer, por el simple hecho de sentir poder sobre estas diosas. Hombres que no tienen las aptitudes suficientes para tener una compañera en libertad. Estar con una mujer es el primer escalón del paraíso. Dios creó la tierra y la mujer la humanidad.



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