Pertenecer a alguien.
Estoy en esa edad en la que comienzas a venir de vuelta de cada vez más cosas, una de ellas es cazar al vuelo esas miradas que se intercambian dos personas enredadas en los lazos del amor o del sexo. Una es de arrobo, toneladas de azúcar derretida corren por los rabillos de unos ojos. Otra es ardiente como carbones encendidos, como viento de levante de un tórrido verano, ese que te lleva a quitarte la ropa para salir a la terraza. El caso es que pillas a ambas entre el gentío de personas que abarrotan el salón. Pertenecer a alguien es una sensación bonita, huele y sabe a vida, el corazón desbocado que les hace buscarse en un salón abarrotado, es la necesidad del otro, estar cerca, tocarse un instante, cuando dos personas están conectadas mediante ese pertenecerse es algo muy grande, sencillamente existir para alguien.



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