Tocar y ser tocados.


 Personas y animales de pequeños vamos agarrados a nuestras madres o parientes, buscando protección o cariño. Conforme crecemos y nos adentramos en solitario en la edad juvenil y adulta vamos concretando nuestro contacto físico sobretodo en determinadas personas con las que estrechamos lazos de amistad o de amor. Hay una necesidad de tocar y ser tocados por estas personas, sin embargo con el resto levantamos un muro justo varios centímetros por fuera de nuestra epidermis, distancia que aumenta cerca de nuestras zonas sexuales donde no es solo tocar sino incluso hacer ademán de intentarlo. El contacto físico no deseado ha pasado a ser llamado acoso y se añade lo de sexual si la zona invadida son las llamadas zonas erógenas. Por tanto de adultos el acceso a nuestra piel en sentido general o a determinado sitios necesita de un asentimiento por el titular, para nada quedan aceptadas por la costumbre o la cultura. La cultura occidental individualista logra su culminación con estas normas que nos aíslan de la humanidad circundante, cualquier roce aunque sea fortuito recibe inmediatamente el reproches de los presentes. Quedó para el olvido toda aquella galantería que nació con los trovadores y poetas pues cualquiera rima que sea personal puede ser aireada por el destinatario como un acoso personal, sean o no sean sus ojos preciosos. Cualquier opinión en las redes, en papel, dicho o transmitido por cualquier canal incluido el de los abanicos, serán tratado como delito incipiente.  Adonde nos lleva está "dictadura" de esas personas que yo creo no fueron amadas ni acariciadas cuando fueron pequeños y no solo denuncian cuando les pasa a ellos sino que se han vuelto inquisidoras de las muestras de afecto en público. Me temo que la vejez que es una edad imprecisa cronológicamente les llegará antes a ellos y ellas porque conforme cumples años lo primero que notas es que te tocan y acarician menos personas y en menos sitios, no digamos en los oídos, quién te dirá te quiero. No sé si entonces recordarán con agrado o tristeza aquel pellizco juvenil en el autobús. 

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