Érase una vez.
Si yo pudiese mandar en mi amor quizás no la querría,
pero a tanto no llega mi poder.
No la amo porque sus labios sean dulces ni brillantes sus ojos,
ni sus párpados suaves.
No la amo porque entre sus dedos salte mi gozo
y juegue como juegan los días con la esperanza.
No la amo porque su cuerpo
sea para mí la única primavera.
No la amo porque al mirarla sienta en la garganta
el agua y al mismo tiempo una sed insaciable.
La amo sencillamente
porque no puedo hacer otra cosa que amarla».
Abderraman III.



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