Aniversarios.
Nada como esas fechas señaladas en que se cumplen años con una cifra rotunda y alguien organiza un encuentro para celebrarlo. La primera intención es no ir una vez vista la imagen nuestra en el espejo. Me tendré que comprar otro traje pienso, no lo tenía previsto porque no había ninguna boda en lontananza. Lo primero es bucear en el armario, lo segundo es si me apetece o no. Como estarán ellos, muchas arrugas, más que las mías, aún tengo pelo en la cabeza, son graves interrogantes que pesan en la balanza. Irán ellas o mejor dicho ellas. Con sus maridos, eso sí son los mismos. Son interrogantes que uno se plantea en esta época de la vida, cómo ha sido el paso de los años. La vida es hilarante con todos nosotros, nos coloca a todos en un estrado para que todos nos observen y no por ser más o menos traviesos la vida te castiga en la misma proporción, al contrario. Precisamente los revoltosos y revoltosas según veo nos conservamos al menos en la zona discreta del desastre que provoca el paso de los años. Me encanta ese pellizco que alguien me da en el costado por debajo de la chaqueta, el olvido al menos no se suma al sobrepeso. Me encanta la vuelta a casa una vez terminado el sarao donde hemos hablado más de las pastillas en intervenciones quirúrgicas que de aventuras amorosas, justo los contrario que en el pasado. Más de una señora esta noche le hubiera regalado su marido a otra allí presente recordando lo que lucharon por él en la universidad. En la barra libre tras la cena el resto de hombres coincidían en felicitar a mi amigo Alfredo que sigue divorciado desde hace treinta años. Lo curioso es que lo de bailar se ha dejado para bodas y gente joven.



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